La ejemplaridad en las empresas familiares

¿Qué significa ser ejemplar? Para Aristóteles, es actuar bien de forma habitual, hasta que la virtud se vuelva carácter. Hecha hábito, esa constancia transforma no solo al individuo, sino también a quienes le rodean.

En la empresa familiar, esta forma de vivir la virtud orienta el modo de liderar y decidir. Fundadores y sucesores no solo transmiten un patrimonio, sino también una forma de actuar y de ser que, si es coherente, inspira, une y perdura. La ejemplaridad se convierte así en un hilo invisible que conecta generaciones y sostiene la cultura compartida.

Esa forma coherente de actuar, cuando se mantiene en el tiempo, no solo transforma a las personas, sino que también orienta las decisiones de la organización, que da prioridad a la sostenibilidad y al legado a largo plazo por encima del beneficio inmediato. Esta mirada proyecta una ética práctica: principios compartidos que guían el rumbo del negocio y configuran su identidad.

El filósofo Javier Gomá lo expresa con claridad: «El ejemplo es la forma más poderosa de influencia». En la empresa familiar, esa influencia no se impone: se encarna. La ejemplaridad no es solo un ideal moral, sino un principio activo que da forma a la cultura compartida. 

Su fuerza reside en la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, en cada decisión y en cada gesto. Cuando esa coherencia se mantiene en el tiempo, se convierte en una referencia silenciosa que guía a toda la organización.

Por eso, el legado de las empresas familiares no es solo patrimonial, sino también ético. Las conductas de fundadores y sucesores modelan el compromiso colectivo, protegen la reputación y fortalecen lo que diversos estudios han llamado su riqueza socioemocional: ese capital intangible que impulsa la continuidad y da sentido al largo plazo.

La ejemplaridad se manifiesta en dos planos. Uno público, que se expresa en las decisiones de gobierno, la relación con el entorno o la actitud frente a los socios. Su proyección externa construye una reputación sólida, basada no solo en resultados, sino en principios visibles y consistentes.

El otro plano es cotidiano, más silencioso, y se revela en cómo se escucha, se resuelven conflictos o se transmite una confianza que fortalece la cohesión interna y alimenta el vínculo entre generaciones y empleados no familiares. 

El verdadero desafío es transmitir esta ejemplaridad. Esto no ocurre por decreto, códigos de conducta o protocolos, sino a través de la convivencia y de las conversaciones en el hogar, en los consejos y en la empresa. Nada sustituye la influencia del comportamiento observado.

Aun así, las empresas familiares no están exentas de amenazas que pueden erosionar esa ejemplaridad que tanto las distingue. El nepotismo, la falta de profesionalización, las estructuras informales o la excesiva dependencia del fundador pueden generar conflictos y debilitar la cohesión. La dificultad para adaptarse a entornos cambiantes también pone a prueba incluso los legados mejor construidos.

Por eso, la ejemplaridad no es solo un ideal ético: es una piedra angular para la continuidad. En muchas familias empresarias, lo que realmente perdura no es únicamente lo que se construyó, sino la forma en que se vivió: las decisiones tomadas con propósito, la manera de servir, de escuchar, de estar.

Esa “imagen de vida”, como diría Gomá, puede seguir influyendo mucho después de nuestra ausencia. Una referencia silenciosa que permanece en el tiempo y orienta el rumbo de quienes vienen detrás.

Artículo publicado en El Español de Málaga, el 3 de julio de 2025

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