Ponencia realizada por Rafael Romero en el marco del Congreso Internacional de Educación Financiera EDUFINET el pasado 22 de noviembre en Málaga. El título original fue: ““Mejorando las decisiones financieras de los inversores gracias a la educación financiera sobre psicología financiera, actitudes y comportamientos”

INTRODUCCION.

Todos coincidimos en que una mejora del conocimiento financiero influye positivamente en la capacidad de los individuos para comprender los productos y servicios financieros, valorar la importancia del ahorro, la planificación y previsión, o entender su capacidad de endeudamiento, entre otras grandes ventajas.

Y este mayor conocimiento debiera aumentar la probabilidad de que se tomen mejores decisiones financieras, pero hoy sabemos que éstas pudieran verse influidas negativamente por sesgos conductuales y emocionales.

Por otro lado, debemos de ser conscientes que vamos a tener una vida más larga de la que pensábamos. La vida de 100 años no es una utopía, es una realidad muy cercana, y vivir y trabajar en la era de la longevidad, requiere una aproximación distinta en torno a las decisiones financieras presentes, porque implicarán la capacidad o no de alcanzar nuestros objetivos vitales en el futuro.

En un mundo más longevo, si no has adecuado y mantenido tus planes por falta de conocimiento y educación financiera orientada también a frenar las trampas emocionales, es muy probable que tengas que trabajar más años, o renunciar a unas rentas adecuadas a tus necesidades tras la jubilación.

LAS FINANZAS CONDUCTUALES

El marco teórico define a los agentes económicos como racionales, esto es, que procesan de forma correcta la información disponible en los mercados, optimizando sus decisiones para maximizar su utilidad.

Así mismo, plantea que el mercado financiero es eficiente, suponiendo que los precios siempre reflejan toda la información disponible, pero esta hipótesis presenta limitaciones a la hora de explicar determinados comportamientos de los inversores, ya que pasan por alto los errores comunes atribuibles al juicio humano.

A menudo, factores psicológicos influyen de forma decisiva en nuestras actitudes y comportamientos como inversores, y suelen acabar generando distorsiones en el precio de los activos.

Benjamin Graham (1894-1976) considerado el padre del “Value Investing”  y autor de libros de referencia como “ El inversor inteligente” de 1949, fue consciente del impacto de las emociones, e hizo famosa su cita: El peor enemigo del inversor, probablemente sea él mismo”.

Hoy sabemos que nuestras actitudes y comportamientos ante el riesgo y la incertidumbre, están implantadas en nuestro cerebro desde el origen de nuestra especie, y se desarrollaron para sobrevivir, en un entorno plagado de peligros y dificultades, donde se necesitaba tomar decisiones rápidamente, para por ejemplo esquivar a peligrosos animales o proteger a tu familia.

Esa capacidad de decidir rápida e instintivamente por lo general es bastante útil, pero trasladado al mundo de las inversiones, nos hace más propensos a cometer todo tipo de errores, por lo que es importante conocerlos y prevenirlos.

Las Finanzas Conductuales (behavioral finance en inglés), es una corriente de pensamiento que incorpora el comportamiento de los participantes en los mercados financieros a los modelos, considerando que no son tan racionales como supone la teoría financiera tradicional, y fundamentalmente explican los errores típicos provocados por los sesgos de comportamiento de los inversores.

Nace de la unión de la psicología, la economía tradicional y la neuroeconomía (una reciente disciplina que estudia lo que sucede en el cerebro durante la toma de decisiones, y la relación entre las emociones y la conducta de los agentes económicos).

El conocimiento de las finanzas conductuales tomó más relevancia en el mundo inversor, al conceder el Premio Nobel de Economía en 2002 a dos psicólogos, Daniel Kahneman y Amos Tversky (fallecido en 1996), quienes se destacaron por haber integrado aspectos de la investigación psicológica en la ciencia económica, especialmente en lo que respecta al juicio humano y la toma de decisiones bajo riesgo e incertidumbre.

Desarrollaron en 1979 la teoría de las perspectivas que describe cómo tomamos los inversores las decisiones en situaciones donde debemos decidir entre distintas alternativas asociadas al riesgo de pérdidas, y el cómo estimamos y evaluamos las potenciales pérdidas y ganancias.

Kahneman editó en 2012 “Pensar rápido, pensar lento”, un libro muy útil para entender cómo trabaja la mente en la toma de decisiones, y en el que sostiene que los humanos tenemos dos vías de pensamiento: un llamado Sistema 1, más rápido, intuitivo y por tanto más emocional e inconsciente, que suele ser el que nos guía normalmente en la toma de decisiones, y el llamado Sistema 2, más reflexivo, lento, analítico, con un pensamiento más ordenado, y con decisiones más racionales y conscientes.

El Sistema 1 se desarrolló para para que los humanos tomáramos decisiones rápidas que nos pudieran salvar la vida, para usar la intuición cuando no tenemos todas las respuestas, pero también nos provocan errores de cálculo y decisiones equivocadas, porque al no disponer de toda la información, responde mediante un atajo mental llamado heurístico, para que de manera inconsciente podamos resolver las incógnitas (que siempre existen al no disponer de toda la información) de manera casi automática.

En todo caso, en el momento de formular juicios y tomar decisiones, tendemos a usar los dos sistemas de forma conjunta, aunque la mayoría de las ocasiones no somos conscientes de cuándo y qué Sistema, está influyendo más en nuestro comportamiento y decisiones.

Por ello, es difícil de predecir el comportamiento de los mercados ya que los inversores no actúan siempre bajo el influjo del sistema más racional.

Otro impulsor de estas teorías es Robert Shiller, Premio Nobel de Economía en 2013 (compartido con Lars Peter Hansen y con Eugene F. Fama). Ya en 1980 puso en duda la hipótesis de la eficiencia del mercado, demostró con la crisis bursátil de 1987 hasta qué punto tenían que ver los comportamientos emocionales en los precios y advirtió unos meses antes del estallido de la pasada burbuja inmobiliaria en EEUU, lo que le dio mucha visibilidad.

En 2017 ha vuelto a concederse el Premio Nobel de Economía a un economista conductual como Richard H. Thaler, por considerar en el análisis y las decisiones económicas, el influjo de la racionalidad limitada, la percepción de justicia y la falta de autocontrol de los seres humanos.

LOS SESGOS CONDUCTUALES DEL INVERSOR

Los numerosos errores provocados por los sesgos de comportamiento de los inversores, pueden ser debidos a limitaciones cognitivas o tener una fuente principalmente emocional, aunque normalmente ambos sesgos suelen unirse.

Sin pretender ser exhaustivo, destacaré seguidamente algunos sesgos. El principal sesgo emocional, es que la mayoría de los inversores tienen un sesgo de aversión a las pérdidas, sufriendo un mayor impacto emocional (de rechazo) a reconocer las pérdidas, que el impacto emocional (positivo) por los beneficios que pudiera obtener, aunque el valor absoluto pudiera ser igual para ambas operaciones.

Gestionamos peor el sufrimiento de una pérdida que la alegría de una ganancia y para la mayoría de los inversores, el desigual impacto es aproximadamente dos veces mayor en la pérdida que en los beneficios, con una sensibilidad decreciente a medida que crecen los beneficios o las pérdidas.

El principal efecto de este sesgo, es que los inversores suelen conseguir peores rendimientos a medio y largo plazo que el mercado, porque los inversores suelen mantener activos en pérdidas durante más tiempo que los activos con ganancias, que suelen venderlos más rápidamente.

En “El Cerebro del Inversor” el neurólogo Pedro Bermejo explica que cuando nos planteamos una decisión de inversión, la zona cerebral que decide el sí, sería la denominada sistema de recompensa cerebral (se activa con lo que nos gusta), mientras que la zona del no sería la llamada sistema de aversión al riesgo o la pérdida (activado con lo que no nos gusta), y del equilibrio resultante entre la actividad de ambas, dependerá finalmente la decisión final.

Los peores resultados de los inversores en el largo plazo, frente al mercado, podrían explicarse por la preferencia natural por las recompensas a corto plazo frente a las ganancias que se demoran en el tiempo, que según han descubierto los neurólogos, se valoran en distintas zonas del cerebro.

Cuando estás invirtiendo, ante la posibilidad de una ganancia inmediata, se libera una sustancia en el cerebro denominada dopamina, que nos hace sentirnos bien, la misma que se libera cuando pensamos en la comida, bebida, tabaco o cualquier placer inmediato.

Estos factores psicológicos parecen mostrar que la naturaleza humana tiene cierta predisposición para pensar y operar en los mercados en el corto plazo, por tomar la recompensa inmediata olvidando los beneficios de largo plazo.

El sesgo de aversión a las pérdidas, también en otras circunstancias, conduce a los inversores que han tenido pérdidas recientes, a asumir mayores riesgos para intentar devolver el equilibrio a sus carteras, cuyo resultado puede ser muy perjudicial si la situación de mercado sigue deteriorándose, y si el inversor ha adquirido los mismos activos que le han producido las pérdidas para reducir el precio medio de compra, la cartera tendrá una menor diversificación adicional, y un mayor riesgo que el estimado.

En este último caso, la decisión que más habrá ponderado el inversor, erróneamente, es la percepción sesgada de que ahora cotizan a un precio más barato, por el llamado sesgo de anclaje (el precio anterior ejerce de ancla en la valoración) sin analizar las posibles circunstancias que hayan producido un cambio de actitud del mercado.

El Exceso de Confianza es otro de los sesgos especialmente común entre los inversores, cuya mayoría sobreestima sus propios conocimientos y habilidades, y consideran que toman mejores decisiones que la media.

Este exceso de confianza se observa más a menudo cuando los mercados se mueven al alza. El principal perjuicio potencial del exceso de confianza es la asunción de riesgos excesiva por no diversificar adecuadamente.

Otro sesgo muy reconocido en el comportamiento de los inversores, relacionado con cómo se procesa la información, es el llamado Marco o encuadre, que nos explica que los inversores son susceptibles en la toma de decisiones ante la forma en la que se presenta la información.

Por ejemplo, no se considera lo mismo “cuatro de cada diez son un ganador” que “seis de cada diez son un perdedor”. La información es idéntica racionalmente, pero se dificulta la decisión.

Es común también encontrarnos con el llamado Sesgo de Disponibilidad que lleva a considerar los eventos que se te presentan con mayor frecuencia y más cercanos, como más probable de que lo hagan mejor, que los que no se muestran o no entendemos bien.

También en general los inversores tienden a perseverar en las creencias y experiencias anteriores, que conduce a tener juicios sesgados y generar, entre otros:

Confirmación: buscar y sobreponderar información selectiva que confirme tus propias creencias, e infraponderar las que pudiera contradecirlas. De hecho, los inversores crean una especie de punto ciego en su mente, como mecanismo psicológico de defensa, para ignorar otra información.

Mantener más activos conocidos, de su país de origen, o de sectores concretos, etc. por parecer más confiables al tener un grado mayor de conocimiento o por una experiencia inversora anterior, aumentando el riesgo de una cartera por una menor diversificación.

Dar más importancia a los hechos más recientes, lo que lleva a no valorar adecuadamente el riesgo asumido frente a un potencial beneficio. Por ejemplo, no se asume riesgo tras grandes caídas en los precios, o se considera que los periodos positivos se mantendrán mucho más de lo razonable, llevando al inversor a decidir incrementar el riesgo cuando racionalmente tiene una menor oportunidad de retorno.

En términos generales, los inversores suelen moverse de forma pendular en un ciclo emocional, influenciados en sus decisiones por la avaricia de ganar y el miedo a perder, y asociadas a tendencias más optimistas o pesimistas del mercado o de los activos en los que está invertido.

Cuando los mercados van a la baja, el sentimiento de incomodidad ante las pérdidas, provoca que en algún momento los inversores piensen que pudieran perder todo su dinero, y que deberían de venderlo todo, aunque la probabilidad de pérdidas, racionalmente, se va reduciendo a medida que caen los precios.

Cuando hay muchos inversores con ese tipo de planteamiento pesimista, suelen producirse los suelos en los precios, por lo que son los momentos de mayor oportunidad financiera si se plantea un horizonte de inversión de medio y largo plazo.

Así mismo, el momento más peligroso es comprar activos sobrevalorados en el momento de mayor popularidad, de cierta euforia, ya que llegado a ese punto, probablemente todos los hechos y opiniones favorables de los distintos participantes en el mercado ya estarán incorporados en el precio, y no debieran de quedar (racionalmente) muchos inversores dispuestos a comprar.

Estas situaciones se generan porque en los mercados se suelen observar comportamientos gregarios, de rebaño, con muchos inversores que se mueven juntos hacia la misma dirección, influenciados en actuar como hacen los demás, para sufrir menos con sus propias dudas, lo que limita su racionalidad.

En general, seguir al rebaño hace que los inversores más inexpertos terminen comprando cuando los precios están altos (en el punto de mayor riesgo), y vendiendo cuando los precios están baratos (en el punto de mayor oportunidad).

EL CONOCIMIENTO FINANCIERO Y LA TOMA DE DECISIONES DE INVERSION

Kahneman consideraba que la educación nos permite ser más eficaces cuando pensamos, porque contribuye a usar más el Sistema 2 (el racional), aunque no altera profundamente el equilibrio de poder entre ambos sistemas.

Una reciente publicación del Instituto de Investigación del banco Credit Suisse y la Universidad de Zurich, sugería una clasificación de cuatro tipos de inversores basadas en cómo toman sus decisiones de inversión en función de su grado de conocimiento financiero, y cómo le afectan sus emociones:

·       Inversor Intuitivo: Toma decisiones básicamente emocionales. Sin una estrategia de inversión adecuada, este inversor tiene el riesgo de verse demasiado influenciado por la evolución actual del mercado y olvide sus objetivos de inversión.

·       Inversor Explorador:Caracterizado por estar muy familiarizado con el mercado financiero, con una buena perspectiva de los riesgos y oportunidades de los mercados, pero a veces abandona su estrategia de inversión predefinida por razones emocionales, normalmente deslumbrados por nuevos e innovadores productos financieros.

·       Inversor Realista: son personas capaces de no dejarse influenciar por sus emociones, aunque carecen de conocimientos financieros suficientes para evaluar adecuadamente los riesgos y oportunidades, siendo recomendable que cuenten con un asesor que le ayude a tomar decisiones más adecuadas y mejorar sus conocimientos financieros.

·       Inversor Estratégico: Estos inversores tienen buen conocimiento de los mercados financieros, de tal forma, pueden evaluar los riesgos y las oportunidades a la que se enfrentan en sus decisiones, no siendo influenciados por sus emociones gracias a un enfoque estratégico, que les ayuda a mantener sus objetivos de inversión.

En tal sentido, parece mostrarse que un mayor conocimiento financiero podría ayudar a contrarrestar la influencia de los sesgos emocionales, aunque sea frecuente encontrar inversores con mayor y menor grado de formación, exhibiendo los mismos sesgos.

Por ejemplo, se suele observar, de forma generalizada, una mayor o menor aversión al riesgo en función del momento económico, más optimista o pesimista.

De hecho, los sesgos conductuales también afectan a las decisiones de los asesores, gestores y analistas profesionales, que se les presupone un conocimiento financiero más extenso.

Por ejemplo, los inversores profesionales suelen exhibir un exceso de confianza en sus razonamientos y políticas de inversión, que pudiera conducirles a recomendar carteras menos diversificadas o mantener las apuestas desacertadas.

El sesgo de aversión a las pérdidas les afecta y suele llevarles a recomendar la venta de los activos en ganancias demasiado rápido para generar en sus clientes, y en ellos mismos, ganancias emocionales, reteniendo en cartera los activos en pérdidas.

Difícil salvar el efecto rebaño en las decisiones de muchos profesionales, muy perceptible en torno a tener opiniones o inversiones similares al resto del mercado, porque están incentivados a no desviarse mucho con respecto a su competencia.

Así mismo, sus recomendaciones pasadas suelen sesgar a las nuevas recomendaciones, al tender a buscar informaciones que respalden los planteamientos iniciales.

Finalmente, y entre otros sesgos, los analistas suelen tender a sobreestimar sus valoraciones futuras, observándose que las recomendaciones de venta de valores, son muy reducidas con respecto a las de mantener o vender.

En todo caso, la realidad muestra que los inversores profesionales o los más sofisticados, suelen tomar mejores decisiones a largo plazo que los inversores individuales, suponiéndose en estos últimos una menor formación, experiencia y medios para afrontar la gestión de inversiones, por lo que las decisiones de los particulares menos formados tenderán a ser más intuitivas.

No obstante la adquisición de suficiente conocimiento para poder tomar buenas decisiones de inversión es difícil y requiere mucho esfuerzo, lo que implica normalmente falta de motivación y un insuficiente nivel de conocimientos en los inversores, favoreciendo desenlaces alejados de sus expectativas, que por otra parte no suelen ser suficientemente realistas.

La realidad es que las personas no deciden lo mejor para ellas, sino a veces toman simplemente el camino más fácil, por lo que podemos facilitarle la decisión como nos sugiere Thaler en su libro “Nudge”, con un “empujón”, el impulso que necesitamos para tomar mejores decisiones.

Como ejemplo difundido en el mismo libro, es conocido el experimento en el aeropuerto de Amsterdam de grabar la imagen de una mosca en los urinarios, que redujo el 80% de las salpicaduras, reduciendo los costes de limpieza.

Probablemente la falta de conocimientos financieros ha favorecido la decisión más fácil al ahorrador español, de trasladar buena parte de su ahorro financiero a los depósitos bancarios e inmuebles, productos sencillos de entender, adicionado a la falta de confianza en el asesoramiento realizado hasta ahora.

Por ello, el empujón debiera de llegar con facilitar mucho más el conocimiento financiero a la ciudadanía, y en hacer más sencillo lo complejo, desde las entidades, legisladores y autoridades de supervisión.

Finalmente, para solventar los sesgos conductuales y emocionales, además de mejorar sus conocimientos financieros, la mayoría de expertos avalan un planteamiento inversor asociado a una planificación de su ahorro, consumo e inversión, en un proceso disciplinado y vinculados a sus horizontes y objetivos vitales. Dicho plan, a pesar de las emociones, no debiera de modificarse si los datos reales y las circunstancias personales no han cambiado.

Así mismo, los inversores debieran de ser conscientes de los claros incentivos que tienen para buscar un asesor especializado que pudiera ayudarles en el desarrollo del anterior proceso.

Afrontar el reto de viajar como inversor dentro de un marco bien definido, y bien acompañado, reduciría el impacto negativo de los sesgos conductuales.

CONCLUSIONES

Entender el proceso detrás de cada una de las decisiones de inversión de los participantes del mercado, es esencial para mejorar nuestras decisiones como inversores, y en este punto, la psicología financiera es un factor relevante en dicho proceso.

Un mayor conocimiento financiero que incluya las teorías de psicología financiera, aunque no tiene por qué comportar necesariamente un cambio de conducta como inversor, probablemente condicionaría un perfil de riesgo menos emocional, con mayor capacidad de asumir la volatilidad de los mercados, y por tanto de decidir las inversiones más racionalmente, con un plan estratégico orientado a la consecución de sus objetivos a medio y largo plazo.

Fundamentalmente:

El inversor deberá de conocerse y entenderse mejor, tratando de planificar en su yo presente, cómo quiere que sea su yo futuro, equilibrando lo financiero y lo no financiero, lo económico y lo psicológico, así como lo racional y lo emocional.

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