Como nos recordaba Woddy Allen, nos interesa el futuro porque es el sitio donde vamos a pasar el resto de nuestras vidas, y en este momento, las personas se sienten preocupadas por la rapidez e impacto de los cambios provocados en nuestra forma de vivir, trabajar y relacionarnos.

El mundo se va transformando y la falta de referencias previas ante nuevas situaciones dificulta interpretar cómo afectarán a nuestro futuro las grandes fuerzas de cambio, como la globalización, la innovación tecnológica, la demografía, los cambios sociales y los retos medioambientales.

En 1970, Alvin Toffler denominó “El shock del futuro” al estado psicológico que afecta a los individuos cuando perciben demasiados cambios en un periodo de tiempo demasiado corto. Pensaba que el grado tan acelerado de cambio tecnológico y social deja a muchas personas desconectadas, desorientadas y con estrés.

En el desarrollo de este concepto, hizo popular el término “sobrecarga informativa”, o cómo el exceso de información disponible nos complica la toma de decisiones, porque nos enfrentamos a más información de la que eres capaz de procesar, llevándote a posponer las decisiones que debieras, o tomando decisiones equivocadas. Hay que entender que la capacidad cognitiva del ser humano es mucho más limitada que la capacidad de generar información.

¿Cómo afectará al futuro de nuestro trabajo el actual proceso de automatización e innovación? ¿Cómo abordaré la educación de mis hijos? ¿Podré adquirir la vivienda que necesito o deseo? ¿Qué importe debería de tener ahorrado para complementar mi jubilación si vivo muchos más años? ¿Cuento con un margen de liquidez para afrontar gastos inesperados?

El futuro nos preocupa, pero ¿por qué no empezamos a ocuparnos hoy de dicho futuro? Victor Hugo pensaba que “El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad”.

En la era de la longevidad, el futuro representa una gran oportunidad, porque tenemos mucho más tiempo para trabajar nuestro proyecto y alcanzar nuestros objetivos.

El proceso debe iniciarse con el ejercicio de visualizar en el presente cómo queremos que sea nuestro futuro. Saber dónde estamos y dónde queremos llegar. Y visualizarlo, porque genera compromiso.

Posteriormente, debemos analizar qué coste tienen nuestras metas y cómo las vamos a financiar, planificando nuestra hoja de ruta, esencial para gestionar mejor nuestras normales inquietudes y preocupaciones.

En términos de ahorro e inversión de nuestro patrimonio, si somos conscientes de que el dinero es el medio para conseguir lo que es importante para nosotros, podremos dirigir nuestras decisiones hacia lo que nos importa y construir nuestro propio futuro desde nuestras decisiones presentes.

Artículo publicado el domingo 5 de mayo de 2019 en el Diario Sur, suplemento Dinero y Empleo

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