Debemos evitar caer en el pesimismo contagiados por la incertidumbre ante el futuro, porque este siempre será una conjetura y la incertidumbre nunca nos abandonará.

La actualidad está afectando al ánimo de muchos inversores, observándose altos niveles de pesimismo en diversos indicadores de sentimiento y decisiones de mayor ponderación en activos más defensivos y de liquidez, a pesar del magnífico comportamiento de las bolsas mundiales.

Un pensamiento uniforme proporciona una oportunidad para pensar diferente.

Según la teoría de la opinión contraria, cuando la mayoría de las personas tienen la misma opinión sobre lo que va a hacer el mercado, la probabilidad de ya hayan actuado y que el mercado se mueva en sentido contrario es elevada.

Esta idea fue expuesta por Humphrey B. Neill en su libro “The Art of Contrary Thinking” en los años 50 y se empezó a utilizar en el mercado con éxito, favoreciendo las encuestas de sentimiento a las empresas cotizadas y el nacimiento en 1963 del servicio llamado Investors Intelligence, muy seguido actualmente.

Si una mayoría cree que las bolsas van a tener un mal comportamiento, probablemente ya habrán vendido antes, estando cerca el suelo de mercado. La situación es similar con los mercados al alza y la formación de burbujas. Es conocida la sentencia de Rockefeller: “Cuando mi limpiabotas invierte en bolsa, yo lo vendo todo”.

La incertidumbre no es sinónimo de riesgo.

El riesgo podemos gestionarlo al poder medir la probabilidad de ocurrencia, frente a la imposibilidad de medir la incertidumbre, lo que nos conduce a un cálculo de expectativas motivado por intuiciones, cuyas previsiones pudieran resultar creíbles, pero sin certeza. Se trataría de meras especulaciones.

En 1930, John Maynard Keynes escribió el ensayo “Las posibilidades económicas de nuestros nietos”, en el que mostraba el pesimismo económico generalizado de la época. Se pensaba que la mejora de la calidad de vida se iba a ralentizar y que habría un probable declive de la prosperidad en las décadas futuras. No obstante, Keynes pensaba que la situación del momento estaba impidiendo “ver la verdadera interpretación bajo la superficie de lo que está ocurriendo; la tendencia de las cosas” y predijo que el nivel de vida en los países avanzados dentro de cien años sería entre cuatro y ocho veces más alto.

Hoy sabemos que la calidad de vida de un ciudadano promedio ha mejorado mucho más de lo previsto por Keynes, y como muestra de la mejora del valor del capital, la evolución del índice estadounidense Dow Jones, que en 1930 cotizaba a 40 puntos y hoy roza los 27.000.

Hagan su plan y sus propias cuentas. El resto son cuentos.

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