Buscar cada mañana tres razones objetivas por las que estar contento facilita una actitud más optimista e inteligente que mejora nuestro bienestar, porque seremos conscientes que hay motivos para “estar bien”.

La palabra optimismo proviene del latín optimum: lo mejor, lo más adecuado. Un optimista inteligente no es idealista, acepta que existen factores ajenos a su voluntad y trabaja una actitud de buscar lo óptimo de cualquier situación, permitiéndole lograr mejores resultados, entre otros, en su salud, su empleo y la gestión de su dinero.

El principal atributo del optimista es tener la esperanza de que va a salir bien lo que está desarrollando, lo que le aporta la confianza en sí mismo para comprometerse a alcanzar sus objetivos. Es una dinámica que además se retroalimenta: la esperanza genera confianza, la confianza genera compromiso y el compromiso genera buenos resultados y, con estos, se refuerza la esperanza y el optimismo.

Las empresas buscan empleados optimistas. Saben que la negatividad es contagiosa y genera desmotivación, la queja y excusa continua, y el deterioro de la cuenta de resultados. En cambio, los empleados optimistas no suelen quejarse, son proactivos, flexibles, más creativos, buscan el afrontar nuevos retos y, ante la adversidad, luchan con tesón y perseverancia, aprenden y crecen, miran atrás para aprender de sus fracasos, pero siempre con el rumbo hacia sus objetivos.

Así mismo, recientes estudios avalan que el optimismo y otras emociones positivas ayudan a disminuir el riesgo de ataques cardíacos y accidentes cerebrovasculares, entre otros. La realidad es que una actitud positiva a lo largo de nuestra vida aumenta la probabilidad de vivir más y mejor.

Con relación a nuestro dinero, sabemos que nuestras actitudes y comportamientos ante el riesgo y la incertidumbre no son los más adecuados, ya que se ven influidos por factores psicológicos, unos sesgos emocionales que impactan en nuestros resultados como inversores.

Nuestros miedos influyen mucho en nuestras decisiones. El discurso pesimista impacta más y suena inteligente, en cambio, etiquetamos al inversor más optimista como un soñador que no valora el riesgo adecuadamente.

Sabemos que nuestra propia naturaleza nos lleva a preferir evitar pérdidas monetarias antes que conseguir ganancias equivalentes, un sesgo que suele conllevar decisiones más instintivas y la obtención de peores rendimientos que el mercado, al no medir racionalmente la probabilidad de ocurrencia de factores positivos.

Winston Churchill decía que un pesimista ve la dificultad en cada oportunidad y un optimista ve la oportunidad en cada dificultad.

Decide tener un mejor futuro entrenando un optimismo realista y encontrarás las oportunidades. Tus nuevos hábitos te ofrecerán una vida más larga y beneficios laborales y patrimoniales.

Artículo publicado en el Diario Sur, suplemento “Dinero y Empleo” el 24.11.2019

No hay texto alternativo para esta imagen