Newton en 1687 definía el término inercia en física como la propiedad de un cuerpo de permanecer en su estado inicial, ya sea en reposo o en movimiento rectilíneo uniforme, a menos que se aplique una fuerza suficiente.

Aplicado el concepto al comportamiento social, el psicólogo William J. McGuire en 1960 usó el término inercia cognitiva para explicar nuestra resistencia inicial a cambiar la forma en que procesamos una idea, incluso después de haber adquirido nueva información que entraba en conflicto con nuestro planteamiento.

Comúnmente confundida con la perseverancia de creencias, la inercia cognitiva es la perseverancia de cómo uno interpreta la información, no la perseverancia de la creencia en sí. Por ejemplo, se ha asociado como uno de los motivos que frena asumir la necesaria responsabilidad colectiva frente al cambio climático, al cuestionar muchos una realidad futura incontrovertible por los científicos.

Todos tenemos una inercia cognitiva, una resistencia a no cambiar de ideas, hábitos adquiridos, formas de aprendizaje, etc., atendiendo la información basándonos en la experiencia previa y nuestro conocimiento del mundo, por un compromiso psicológico con nuestros juicios iniciales.

Ser conscientes de que solemos percibir la realidad de forma ‘inercial’ nos puede ayudar en nuestro necesario desarrollo personal y profesional en un mundo cambiante.

El momento social y económico que estamos viviendo, y el mundo que nos vamos a encontrar cuando esta pandemia desaparezca, exige poner la vista en objetivos que necesitan cambios de criterios, actitudes y comportamientos de gobiernos, empresas y ciudadanos.

¿Por qué las conductas de muchos parecen seguir la ley de la inercia, incluso con las actuales fuerzas desestabilizadoras que debieran de estar logrando cambiar nuestros estados de movimiento?

Necesitamos tener un plan para el futuro que va transformándose. Un proceso de planificación estratégica del país, de nuestras empresas y de nuestros personales proyectos biográficos, nos facilitará establecer y priorizar los objetivos que se pueden lograr, analizando diferentes escenarios y alternativas de acción, permitiendo combatir la inercia cognitiva y orientando nuestro rumbo con mayor probabilidad de éxito.

Como dijo Stephen Crane, «el que puede cambiar sus pensamientos, puede cambiar su destino».

Artículo publicado en Diario Sur, suplemento “Dinero y Empleo” domingo 15 noviembre 2020

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